Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

EL VIAJERO



Hasta las gaviotas volaban desganadas aquella tarde. Hay veces que el tiempo transcurre más despacio, como a cámara lenta, aunque el viajero intentaba apresurarlo pisando con ansiedad el acelerador del viejo coche.
El día había comenzado mal, con una mañana gris plomiza y húmeda que no había mejorado y aún al mediodía el campo parecía que se había quedado anclado en el amanecer. Ahora comenzaba a anochecer, pero las horas seguían pasando lentamente. Las gaviotas vagaban en amplios y altos círculos para aprovechar los últimos rescoldos de luz, pensó.
El ruido desagradable del despertador, la ducha y el desayuno eran sucesos ya lejanos, incluso el almuerzo en un bar de carretera, rápido, sin apetito, indigesto, lo  recordaba con dificultad.
La noche anterior a su partida había dormido muy mal, con esa intranquilidad que producen los acontecimientos inesperados en las personas metódicas: tener que cambiar la cómoda y tediosa rutina diaria, para preparar un largo viaje al amanecer del día siguiente, con la incertidumbre de no conocer exactamente que era lo que le esperaba en su destino.
La voz que sonó en el contestador la tarde anterior tenía el acento inconfundible que a el le costó tantos años y tanto esfuerzo quitarse cuando llegó a la Universidad muchos años atrás, ese acento de los marineros de una pequeña aldea del sur, casi aislada a orillas del Atlántico. El mensaje fue corto y conciso “José se esta muriendo”, después hubo una pausa como si fuese a decir algo más, pero se cortó la comunicación como cuando se agota el dinero en los teléfonos públicos. Tanto le impresionó lo rotundo del mensaje, como la voz aguardientosa y cascada, la respiración ruidosa, que le recordó olores de su niñez a vino blanco de garrafa y tabaco, a ropa húmeda y salada. Intentó ponerle cara a esa voz, reconocerla oyendo el mensaje una y otra vez, y aunque por momentos creyó recordarla en uno u otro, al final lo borró. Hacía demasiado tiempo que se marchó y los viejos que dejó en su pueblo seguramente estaban muertos.
Fue el laconismo del mensaje por lo que decidió salir a la mañana siguiente; además tuvo que realizar varias llamadas para informar a sus compañeros, anular citas y aplazar asuntos, sintiendose mal por tener que pedir favores o dar absurdas explicaciones, con la angustiosa sensación de claustrofobia que experimentan las personas tímidas al tener que expresar algún sentimiento en público.
La carretera no era buena, el sabía que empeoraría y se retorcería cada vez más, pero no disminuyó la velocidad del añoso pero bien cuidado coche. Conducía con precisión, cada vez más familiarizado con el paisaje a medida que se internaba en carreteras secundarias que perfilaban la irregular costa de la desembocadura del río Piedras. Observó tramos de nuevas construcciones, urbanizaciones edificadas donde antes había preciosos bosques de pinos piñoneros sobre altas dunas de arena limpia que bajaban hasta la orilla de la playa. Sobre un promontorio que recordaba lleno de altos eucaliptos  y rodeado de frondosas higueras, se asentaba ahora un mustio Camping, rodeado por una alambrada donde se recluían caravanas enmohecidas. Un perro ladraba tristemente amarrado a una cadena en la cancela de entrada.
Visto desde el aire, desde donde planeaban las aletargadas gaviotas, daba la impresión que el automóvil conocía perfectamente el camino y avanzaba imparable y solitario hacia su destino.

Cuando el viajero abandonó el pueblo las calles eran de arena fina de playa y no se podía entrar en coche. Ahora el piso está asfaltado, hay faroles, las casitas están bien pintadas todas de blanco, solo cambia el color de las puertas y de las rejas de las ventanas; bultos de redes en las aceras, braseros de cisco en alguna puerta, hasta varios coche aparcados en la plaza.
La casa se encuentra en la calle principal de la aldea, la que va desde la plaza de la capilla marinera hasta el muelle pesquero, la única calle con casa a ambos lados.
A mitad de la calle hay una puerta entornada, el interior oculto por una cortina de tela basta que separa la estancia principal del exterior. Dentro, hombres con gestos serios, arreglados con sus mejores ropas, fuman y se miran incómodos, quizá avergonzados porque no saben estar encerrados entre cuatro paredes durante mucho tiempo y tener que hablar en voz baja, o por mostrar sus cráneos pelados y blancos que contrastan con sus caras arrugadas y morenas. Todos llevan la gorra en la mano.
Algunas mujeres permanecen sentadas, inmóviles, con la mirada perdida en el gastado suelo de losetas de barro cocido. Sobre una mesa camilla con enaguas caldeadas por un brasero, hay varias botellas de anís y brandy que nadie ha tocado. Por el hueco de la escalera baja, indolente, un gato gordo blanco y marrón, que despreciando a los presentes en el salón, se adentra en la pequeña cocina del fondo y salta por una ventana entreabierta hasta la oscuridad del patio trasero.
En el piso superior, en el dormitorio principal de la casa hay un hombre muriéndose, que como el día, lo hace lentamente. Es un viejo grande que respira ruidosamente como si tuviera una gran olla de agua hirviendo dentro del pecho. Tiene los ojos cerrados, sobre la nariz y la boca una mascarilla transparente unida por un fino tubo a una botella gris de oxigeno que desentona con los cuidados muebles de principios de siglo: cama de madera labrada oscura y pesada con mesillas de noche a cada lado, altas e igualmente robustas; en una de ellas una pequeña vela da luz a una estampa gastada de la Virgen del Carmen, un rosario y un escapulario. Un abultado armario de tres puertas hace juego con la cama. Sobre el cabecero cuelga un crucifijo de madera con un crucificado de plata.
Sentada en una silla junto a la cabecera de la cama una mujer vestida de negro sostiene y con frecuencia besa la mano rugosa y fría del anciano moribundo. Reza o llora en silencio y con un pañuelo apretado se seca las lágrimas, no quiere mojar la mano cuando la acaricia con su cara. Otras personas entran y salen del cuarto, permanecen un momento a los pies de la cama, en silencio. Todos quieren decir adiós al patrón, al marinero con el que la mayoría de ellos empezó a salir a la mar, navegando en lanchones con velas latinas o bogando, cuando soplaba levante en calma, hasta más allá de los bajos. Para casi todos José ha sido la única escuela y el primer y único maestro que han tenido en sus vidas.
En la otra habitación que conforma el piso superior, una mujer joven, sentada en una silla de anea, llora desconsoladamente rodeada por otras de su misma edad, que intentan consolarla. Mira fijamente una fotografía colocada sobre la cama, donde en el color reluciente de una mañana luminosa el viejo marinero repinta la borda de una patera varada en la orilla, mirando curioso a la cámara, en una mano la brocha y en la otra la lata de pintura. Era como si la mirase fijamente a ella, la boina calada hasta el inicio de las grandes orejas, la cara surcada por marcas de mil mareas y vendavales, el brillo intenso de dos ojos redondos como si estuviese asustado, efecto que era anulado por una ancha sonrisa que se convertía en su rasgo más sobresaliente, dándole un aire de tranquilidad y pacífica serenidad.
Los vecinos que estaban en esos momentos hablando en la puerta de la casa, fumando bajo el relente de la noche y la luz mortecina de los faroles, no conocieron al hombre que se acercaba caminando por el centro de la calle, cargado con una maleta y una bolsa colgada al hombro.
Era alto, con barba descuidada y pasos seguros y firmes con los que se dirigió a la puerta, apartó suavemente la cortina y entró en la casa. Las personas que estaban en la salita tampoco supieron quien era el forastero, tan solo una anciana que dormitaba absorta con un rosario en la mano, creyó que estaba soñando al reconocer aquellos ojos redondos y profundos de mirada lenta con los que el hombre miraba a las personas y a los objetos de una forma ancestral, como si hubiesen estado aletargados en su retina y ahora les llegase de nuevo la luz. No dio muestras de reconocer a nadie, pero observaba a todos con cariño, con amistad y complicidad. Sin soltar el equipaje subió la estrecha escalera pausadamente, llegó a la puerta del dormitorio, dejo la maleta y la bolsa junto a la pared y entró.
El viajero se acercó en silencio a la cama. Miraba al moribundo de una manera tranquila y agradecida, como si supiese con antelación que lo encontraría vivo a su llegada y que además en ese momento el anciano abriría los ojos para mirar justo en la dirección donde encontró los ojos del viajero y que al mismo instante los ojos de los dos se llenarían de lágrimas, no de lágrimas amargas de pena y sufrimiento, sino de lágrimas dulces de cariño mutuo y agradecimiento.
Así, de esa manera, moviendo lentamente la mano como diciendo adiós, el viejo murió feliz.

19 comentarios:

  1. Celso por Dios como no había leído ésto antes. Tienes la maestría de García Marquez pero de aquí...Genial hermano....me has recordado magistralmente e ése escritor..

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  2. He viajado en dos ocasiones fuera de España. Una, varias más bien, a Portugal, éste país tiene la particularidad de producirme dos emociones muy encontradas, una de tristeza y no puedo decir porqué, otra de admiración por su belleza antigua y casi isleña aunque sea peninsular. Recuerdo una noche en Lisboa, !que ciudad!, oyendo fados en un café de penumbra. Otra en Francia, pero casi que no, porque estábamos en el Pirineo Leridano, en la misma linea fronteriza francesa y yo, cual niña tonta en viaje de novios, pasé por debajo de la valla divisoria y ..ya estaba en Francia..
    Conozco Galicia entera, Castilla y León entera..Segovia me fascinó, hay que ir, Valencia
    y Madrid. A Madrid voy mucho desde siempre, de niña a casa de mis tíos Delia y Jaime, después con mi marido y sola con amigas. Siempre me siento en la capital como en mi casa, y no puedo tampoco explicar el porqué, sé que estoy en territorio amigo, me encuentro cómoda y no me entra ansiedad por las noches..
    De Madrid me gusta todo..su acogida, el ajetreo la vivacidad de sus gentes el cosmopolitismo y lo castizo de siempre, no sé si alguién lo verá, yo le veo aire de pueblo y no me lo explico, pero me roza ese sentimiento tan conocido para mi.
    He visto sus palacios, museos, casino, teatros, en el Madrid de los austrias hay un barecito cubano dónde mis amigas marujonas y yo pasamos una de las mejores noches de nuestras vidas, bebiendo mojitos y oyendo salsa..y bailándola..,lo guardo como tesoro, qué feliz..
    Pero hay una cosa en Madrid que a mi me fascina. EL METRO.- No es fácil de explicar, lo intentaré brevemente.
    Es todo un mundo de profundidad, he recorrido toda la ciudad bajo tierra, me gusta tanto que no me provoca la habitual claustrofobia.
    Sentada en el vagón veo a muchas personas, unas serias y como ausentes, otras charlando animadas, gentes de muchas razas que salen y entran y se rozan un momento por primera y última vez, músicos magníficos que no han tenido suerte en la vida y que casi por nada suavizan el sonido de los trenes y de las prisas, cafeterías, tiendas de todo, pacientes escaleras mecánicas llenas de seres impacientes, en una esquina un argentino cantando y tocando maravillosamente el bandoneón, dos muchachos jóvenes cantan rock callejero, en una de las paradas subimos a un vagón, con nosotros lo hizo un boliviano de poncho y guitarra cantando a su tierra, nadie miró ni se asombró, nada le dieron y yo lo vi bajar y alejarse sin más..Pocas veces en mi vida he visto un espectáculo tan real y maravilloso...

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  3. Concha Pareja-Obregón Lopez-Pazo11/4/11 08:05

    Lourdes, mis hijos me han dicho que el País Vasco es una verdadera preciosidad. Dicho lugar, junto con Navarra y Aragón, son los dos únicos sitios de España y de la península que no conozco. Me tengo prometido a mí misma que cuando se jubile Enrique que le queda un añito, iremos al norte si Dios quiere. Si os apetece nos vamos los cuatro. Besos.

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  4. El día que cumplió los ochenta y cinco, supo que ése sería el último año de su vida.
    El dolor en el costado, la dificultad para respirar y el cansancio definitivo, lo avisaron sin que nadie lo tuviera que rubricar.
    Pero no estaba dispuesto a llevar la contraria ni a protestas vanas, así que se dejó hacer.
    Análisis profundos, cultivos crecientes, radiografias hasta del alma y tubos navegadores que le dijeron lo que él ya sabía a ciencia cierta.
    El buen doctor lo mando pasar, se sentó frente a él y comenzó a hablarle con respeto, pero también con sinceridad, complicidad y cierto aire de rutina.
    El oyó su sentencia tranquilo y con aplicación, aunque no preguntó nada ni dió ninguna orden final, se limitó a decirle que ya lo tenía todo hecho y lo que tuviera por hacer, ya no tendría importancia, "así que muchas gracias por todo y quedo a su disposición".

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  5. SABÍA QUE EL SOL DE LAS TRES DE LA TARDE ES EL MÁS TRAICIONERO, POR ESO SE CALÓ LA MASCOTA DE PAJA MÁS PRODUNDAMENTE Y ROCÍO SU CUERPO CASI DESNUDO CON AGUA FRESCA.
    El mar estaba manso y la playa llena de gente, pensó en darse un chapuzón pero la pereza lo dejó en su sitio. Le gustaba el verano y esos ratos de playa, el colorido de las sombrillas y la alegría despreocupada de la gente. En su paseo cerca de la orilla, de vez en cuando se dejaba acariciar los pies por el vaivén de las olas y el cosquilleo de la arena bajando, le relajaba y le entonaba.
    Pensó que antes de volver a casa se daría un baño largo y lujoso, un baño lejano dejándose llevar por la corriente calma y relajar todo el cuerpo después de un día playero..
    Siguió su largo paseo animado por la idea del baño de la tarde.-
    Cervezaaaas, patataaas, refrescoooos, heladooos....hoy prometía ser un buen día de ventas..
    Lourdes Pareja-Obregón.-

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  6. TODO LO QUE ABARCABA SU VISTA A ESTRIBOR ERA MAR INTERMINABLE, PERO A BABOR SU MIRADA SE TOPABA CON UN ENJAMBRE DE SOMBRILLAS DE COLORES, BAÑISTAS CHAPOTEADORES, NIÑOS CHILLONES Y HASTA UN DESGRACIADO ANDANDO POR LA ORILLA Y ARRASTRANDO EN UNA BARQUITA NEUMÁTICA, REFRESCOS, CERVEZAS, HELADOS Y COMIDA.....PUSO RUMBO A ALTA MAR ALEJÁNDOSE A TODA MÁQUINA....
    Hasta que no estuvo lejos de toda aquella marea humana, no se sintió tranquilo, sabía que el sol de las tres de la tarde es el más traicionero, por eso se caló su sombrero panamá más profundamente y se duchó el cuerpo con agua fresca. En alta mar y en la soledad de su barco, se dejaba mecer por el vaivén sereno.
    Pensó que antes de volver a casa se daría un baño largo y lujoso, un baño lejano dejándo que al barco lo guiara la corriente y relajar todo el cuerpo después de un día en alta mar....Siguió en la soledad buscada animado por la idea del baño de la tarde..
    Ahora mismo soy un hombre único, pensó tirado en la proa....
    Lourdes Pareja-Obregón.-

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  7. Lourdes, otra vez te sigo hermana. "Le gusta la playa. Le gusta, en llegando la una del mediodía, coger su sombrilla, su gorra, su toalla, su silla baja, e irse a la orilla del atlántico y sentarse al sol. No le molestan los niños, ni las madres detrás de ellos, ni los chicos y chicas jugando a las palas en la orilla. Tampoco quienes se van a echar el día a la playa cargados de comida y neveras, sólo quiere darse dos o tres baños cada jornada, nadando entre los bañistas, buceando, aunque sea cerca de la orilla y refrescándose, para después secarse otra vez al sol. A eso de las dos y media, le gusta, algunos días, subir al chiringuito y tomarse una cerveza y dos sardinas asadas. Tampoco le importa esperar un poco si hay más personas delante suya pidiendo tapas; espera fresquito su turno y ya está. Después prefiere comer en casa y dormir la siesta. Pienso que hay muchas formas de ir a la playa, la que a cada uno le guste o pueda, pero tú, Lourdes, has hecho un relato precioso de dos formas muy distintas de ir. Concha.

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  8. En realidad Concha, si te fijas es un relato en uno, dos personas en situaciones absolutamente opuestas, pero sintiendo lo mismo....O por lo menos esa era mi idea, lo que quería transmitir, al final no me ha gustado como lo he montado..
    Lourdes.-

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  9. SABÍA QUE EL SOL DE LAS TRES DE LA TARDE ES EL MÁS TRAICIONERO, POR ESO SE CALÓ SU MASCOTA DE PAJA MÁS PROFUNDAMENTE Y ROCIÓ SU CUERPO CASI DESNUDO CON AGUA FRESCA.
    El mar estaba manso y la playa llena de gente, penso en darse un chapuzón, pero la pereza lo dejó en su titio. Le gustaba el verano y esos ratos de playa, el colorido de las sombrillas y la alegría despreocupada de las personas. En su paseo cerca de la orilla, de vez en cuando se dejaba acariciar los pies por el vaivén de las olas y el cosquilleo de la arena bajando, le relajaba y le entonaba.
    Pensó que antes de volver a casa se daría un baño largo y lujoso, un baño lejano dejándose llevar por la corriente calma y entonar su cuerpo después de un día playero.
    Siguió su largo paseo animado por la idea del baño de la tarde.
    Cervezaaas, patatas fritaaas, helados, refrescoos....hoy prometía ser un buen día de ventas....se sintió el hombre más feliz del mundo..

    SABÍA QUE EL SOL DE LAS TRES DE LA TARDE ES EL MÁS TRAICIONERO, POR ESO SE CALÓ SU SOMBRERO PANAMÁ MÁS PROFUNDAMENTE Y ROCIÓ SU CUERPO CASI DESNUDO CON AGUA FRESCA.
    Todo lo que abarcaba su vista a estribor era mar interminable, pero a babor su mirada se topaba con un enjambre de sombrillas de colores, bañistas chapoteadores, niños chillones y hasta un desgraciado andando por la orilla y arrastrando con una cuerda por el agua una barquita neumática con refrescos, cervezas, comida y helados..., ésto ya es demasiado....Puso rumbo a alta mar, alejándose a toda máquina.
    Hasta que no estuvo lejos de toda aquella marea humana, no se sintió tranquilo, se acomodó en su barco y se dejó mecer por el vaivén sereno.
    Pensó que antes de volver a casa se daría un baño largo y lujoso, un baño lejano, dejando que la corriente guiara el barco, y entonar en el agua todo su cuerpo después de un día en alta mar. Siguió en la soledad buscada, animado por la idea del baño de la tarde, hoy prometía ser un día de descanso absoluto....se sintió el hombre más feliz del mundo..
    Lourdes Pareja-Obregón.-

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  10. Lourdes, como me gusta imaginar finales felices, pienso que seguramente estos hombres pasaron un día de playa feliz. El vendededor vendió bastante mercancía y se dió su baño relajado al atardecer, dejándose mecer por el vaivén de las olas aún sin romper. El navegante hizo lo mismo sólo que a muchos más metros de la costa, pero al fin y al cabo lo mismo: se dió su baño relajado al atardecer, dejándos mecer por el vaivén de las olas aún sin romper. Casi desnudos, en el mar, ahí si que somos todos iguales, afortunadamente. Ah¡ me han encantado tus relatos. Besos. Concha.

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  11. Anónimo6/8/11 13:07

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  12. COMIENZO DE MI RELATO "LAS SIETE OLAS".-

    Sesenta años de vida bien llevados, un matrimonio roto casi en la juventud, dos hijos y dos nietas, un piso de barrio en el bloque H segundo derecha donde vivía sola, un trabajo de limpiadora por horas y la canción “a mi manera”cantada por Sinatra, metida en la cabeza sin poderlo remediar. La había escuchado esa madrugada en la pequeña radio que siempre tenía con ella en su cama para resistir mejor la desolación del insomnio y de la soledad. Eso era todo lo que tenía en la vida junto con sus raíces en un pueblo cerca del mar, sureño dolorido y alejado, la capacidad de no asombrarse ante casi nada y por fin la satisfacción personal de no humillarse ante las humillaciones, aunque todavía y a esas alturas no lograba quitarse de encima cierto desamparo y el miedo ante el porvenir de los suyos y de ella misma, pero intentaba paliarlo con un orgullo bien entendido y una fortaleza que en realidad no tenía.

    Lourdes Pareja-Obregón.-

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  13. EL OLVIDO.-
    Hasta la edad de setenta años tuvo una vida plena y se puede decir que feliz, con sus altos y sus bajos que supo resolver con éxito, gracias en gran parte a su carácter fuerte y decidido, a su voluntad grande al tesón y a un sentido del humor muy escondido y socarrón que le hacía ver la vida con valentía realismo y una profunda, muy profunda alegría.
    No se casó demasiado joven, no fue en su tiempo lo suficientemente bella y además tenía muchas inquietudes personales, escasas también por aquellos entonces para una mujer, que le proporcionaron la serenidad necesaria para llegar a la treintena sin prisas y sin pasiones alborotadoras de su existencia interna.
    Hija única, huérfana de padre desde niña, mantuvo siempre una buena relación con su madre que éra una mujer plácida y tranquila, rezadora empedernida y beata de hábitos y novenas, así que mientras su madre pedía por las dos, ella disfrutaba de una libertad que el mismo Dios venía a concederle.
    Le gustaba la música, tocaba el piano con habilidad casera, leía con gusto y estaba al tanto de las películas y reportajes que venían de fuera, porque el escaso plantel de su tierra en éstas artes la hacía interesarse por modas y modos de ver la vida extranjeros. Como además su padre las dejó bien dispuestas para vivir, lo hacía agradecida al padre fallecido y al Padre eterno que los dos le facilitaban todo.
    Cuando conoció a su marido tenía treinta y un años, él diez más. Era un hombre a su altura, escritor frustrado, intelectual de andar por casa, sabedor de enciclopédias y bueno a rabiar. Tenía una risa franca y alborotadora que es lo que a ella le enamoró, cada vez que oía la música de ésa risa le revoloteaban las mariposas en las entrañas, así que solo le bastó éso para decidir que áquel hombre de gruesas carnes, habilidoso de nada, con carcajadas que la hacían vibrar y gran corazón, sería el hombre de su vida.
    Se instalaron los tres en la casona de su madre, el marido aportó al matrimonio una finca vendible y la alegría de la casa.
    Los años pasaron suavemente, discretamente. A ella le gustaba arreglarse para su hombre y ponerse agua de violetas para los dos. Salía todas las mañanas con un arreglo de señora elegante y leída, se paseaba por la ciudad y seguía el rastro de las librerías y novedades musicales que por las tardes disfrutaba con su hombretón.
    No tuvieron hijos ni falta que les hizo, vivían sumergidos en las artes, los juegos florales y la música de ésa risa que estallaba muchas madrugadas como un estrépito.
    Durante unos años tuvo que interrumpir su rutina para cuidar de su madre hasta el último momento, que murió de larga agonía pero en paz y en gracia de Dios.

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  14. Cuando murió su marido de un síncope como no podía ser de otra manera, no volvió a reir abiertamente nunca más, pero como éra fuerte y positiva, no perdió la alegría de vivir.
    Vendió la casona oscura y se compró un piso de lujo luminoso al lado de todos los centros comerciales, de todas las novedades, de todas las artes, así que seguía con sus paseos mañaneros y por las tardes oía música sin parar hiciera lo que hiciera, porque no podía soportar el vacío del silencio.
    Por primera vez en la vida se hizo de un grupo de amigas y disfrutaba con el intercambio de habilidades, ellas la aficionaron al mus, ella las aficionó a la lectura y al interés por el saber, o al menos lo intentó.
    La mañana del día que cumplió los setenta años se estaba arreglando como siempre para salir.
    Tenía una chica sudamericána interna que la ayudaba con la casa y platicaba todas las tardes con ella de su país, de sus costumbres y de la vida en general.
    Se llevaban bien y volvía a tener compañía en su existencia.
    Ésa mañana del setenta cumpleaños, la chica estaba en la cocina cuando oyó un grito inusual en la señora, corrió al dormitorio y la encontró sentada en la cama con la cara descompuesta, "¿Luzy, qué tenía yo que hacer ahora?.."
    "..Pues usted dijo que quería ir a encargar una merienda para que vengan en la tarde sus amigas señora", dijo la chica con su acento musical y cara de susto, ella se quedó por un momento perpleja, hasta que recobró el color y la memoria, "hay hija, la edad no perdona, se me fue de la cabeza completamente", y salió dejando un reguero de olor a violetas y un taconeo alegre.
    A partir de ése día todo fue a peor y rápidamente.
    Se fué olvidando de su infancia libre y solitaria, de los rincones de la casona de sus padres, de su madre rezando, de su marido que la hacía vibrar con su risa, de los juegos florales, de sus madrugadas ruidosas, de que se quedó un día sola, de las amigas, de la calle, de todo el saber que había ído acumulando a lo largo de setenta y tantos años, de andar, de comer de articular palabra y de pensar.
    Su administrador hizo que se vendiera el piso lujoso y luminoso, y se alquiló uno pequeño con un gran ventanal donde ella pasaba las horas mirando a la calle con los ojos vacíos.
    Otra chica ayudaba a Luzy en el quehacer para con la señora.
    Una tarde de finales de todo, la chica se sentó frente a ella, la miró largo rato recordando las tardes eternas de conversaciones y preguntas, le cogió las manos con cariño, las retuvo largo rato entre las suyas, en un momento de intenso sentimiento Luzy le besó las manos con ternura.
    Fue entonces, la señora volvió la cara lentamente y la chica se espantó porque en sus ojos había un brillo de reconocimiento, "¿Luzy, qué tenía yo que hacer ahora..?", preguntó trabajosamente, la chica la miró con vehemencia, "señora, señora", pero cuando le volvió a ver los ojos ya los tenía nublados otra vez, con la nube terrible del olvido..

    Con todo el cariño a las personas que sufren una de las peores enfermedades que pueden existir, porque el olvido es más doloroso que el dolor..

    Lourdes Pareja-Obregón.-

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  15. Hoy no viajo a ninguna parte, en un estado de dolor de cabeza y de lunes sencillo me enfrento a los retos de mi vida sin pena ni gloria. El lastre del temor sigue conmigo, pero lo puedo arrastrar, de fondo una música mal escogida, ¿o, será el dolor de cabeza?.
    Voy a hacer todo lo que tenga que hacer poniéndo lo mejor de mi, usaré mis complicadas neuronas para hacer bien lo más sencillo y dejaré que el instinto me guíe para hacer lo más difícil, pero lo haré con esfuerzo y dedicación que es como se deben hacer todas las cosas.
    Hoy no tengo inspiración, tengo mal cuerpo y ganas de un café largo y un cigarrillo y después otro..
    Y con mi fuerza de voluntad mover mi mundo, hacer un milagro cotidiano.
    Me voy a la calle.
    Londres.-

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  16. Anónimo6/5/12 18:51

    Como dijo aquel vendedor de frutas montado en su mula blanca en la puerta de mi casa de El Rompido, "mi mujer se ha comprado una blusa más clara que el viento del suroeste".
    Qué razón llevaba, no en la transparencia de la blusa de su mujer, sino en la claridad del viento del suroeste.
    Estos días ha soplado por Cartaya y El Rompido y desde mi azotea podía ver Isla Antilla por un lado, y los pinares nítidos del Portil por el otro, el olor es a bajamar y pinar y el aire limpia los días poniendo a nuestra disposición una luz blanca y nítida que nos ayuda a pensar.
    Vida solo hay una.
    Londres.-

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  17. Me gustaría contar una historia real. He leído -y me ha apasionado- que en el norte de Estados Unidos y sur de Canadá, habita y vive una especie de mariposa llamada "mariposa monarca". La he visto en fotos y es de una belleza enorme. Sus alas son de un naranja intenso moteadas en negro y blanco. Es muy pequeña, pues no pesa más allá de un gramo, pero realiza una vez al año una proeza increible pero cierta. Este maravilloso insecto se alimenta de una planta llamada "algodoncillo", que al parecer tan sólo se dá en dicho lugar del planeta antes mencionado. Pero se dá la circunstancia de que al llegar el invierno la mariposa iverna, pero como allí el frio es muy intenso, con seguridad se congelaría. Entonces -y ahí reside lo increíble- emigra hacia tierras más cálidas, concretamente hacia el golfo de México, atravesando todo Estados Unidos y el Caribe. Ella conoce (repito, pesa menos de un gramo) todas las corrientes de aire que le pueden beneficiar en su largísimo viaje, las mareas y por lo tanto las fases de la luna que la pueden iluminar. El viaje dura aproximadamente dos meses y cuando llegan a tierras cálidas, directamente ivernan hasta la llegada del calor, pero, eso sí, allí no corren peligro de congelación. Lo curioso es que en condiciones normales, la vida media de esta mariposa no va más allá de cuatro a cinco semanas, pero sólo en la época del año de la asombrosa travesísa, la generación a la que le ha tocado emigrar se hace más longeva sólo para poder llegar a su destino. Los científicos la denominan "mariposa monarca matusalén" y una vez en México ivernan en los troncos de los árboles, unas junto a las otras muy unidas para darse calor. Cuando "despiertan" se aparean, liban en las flores que las rodean para tomar energías, y vuelan otra vez hacia Canadá en un vuelo de otros dos meses. Nada más llegar, depositan sus huevos en la mencionada planta del "algodoncillo" y después mueren exaustas. Las nuevas mariposas vivirán unas cuantas semanas nada más, hasta que llegue otra vez el otoño, que se repetirá la increíble hazaña de la emigración. Cuando las nuevas generaciones llegan a México por primera vez en su vida, se posan en el mismo tronco de árbol que lo hicieron sus tatarabuelas, se alimentan, se aparean, vuelven a su lugar de origen y mueren.
    La historia me parece tan preciosa, que me hace pensar que es imposible que toda esta maravilla sea sólo fruto de la casualidad evolutiva. Tan sólo quería plasmar aquí mi reflexión sin ninguna pretensión. Concha.

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