Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

Pamplinas 2.

La noche muy oscura sin luna unida a mi costumbre de cerrar los ojos por miedo a la oscuridad hacían muy difícil mi marcha a través del bosque inquietante y amenazador por el que intuía que caminaba a ciegas.
Me percaté que pese a caminar a tientas por un bosque no palpaba ramas ni árboles ni plantas trepadoras ni lianas ni mis pies tropezaban con raíces ni con enredaderas traicioneras.
Además pese a ser de noche cerrada según mis cálculos astronómicos, no se escuchaban los aullidos de los lobos ni los rugidos de las fieras sedientas de sangre ni el ulular de los búhos ni el silbido de las pérfidas serpientes ni siquiera el croar de las ranas calentonas ni el bufido de los sapos pestilentes.
Ni siquiera olía a campo ni a ciénaga ni a bosque ni a perros muertos. Olía a puticlú.
Ya me parecía raro escuchar desde un rato antes y como a lo lejos una música machacona y muy hortera como de chimpúm de pista de coches locos, ruido cual que ahora se hizo presente y cuando me quise dar cuenta estaba bailoteando por pegadizo y marchoso que era.
A pesar de mi aterrador miedo a la oscuridad concluí que sería conveniente relajar hasta abrir un poco mis párpados fuertemente apretados y comprobar si hubiere o hubiese algún atisbo de luz exterior que me proporcionare paz interior.
Inspiré profundamente y mis pulmones se llenaron de aroma a desinfectante de cine de barrio –ozonopino, me pareció- y aterrorizado di orden a las neuronas cerebrales que desapretaran los músculos constrictores de mis cortinas palpebrales las cuales comenzaron a separarse lentamente: ¡Luz!
¡Luz bendita luz! Poco a poco y cuando mis akais se fueron adaptando al entorno vislumbré como un rectángulo vertical de luz amarillenta no muy lejos de donde yo me encontraba.
Que por cierto, me percaté inmediatamente que yo me encontraba en posición horizontal y en decúbito supino. Acostado, vamos. Tumbado sobre lo que parecía un lecho en una estancia en penumbras, mi cabeza creo que apoyada en un almohadón y mirando hipnotizado un recorte de luz amarillenta de donde provenía un chapoteo de aguas, como una meada.
Todavía sintiendome desorientado temporo-espacialmente y sin haberme recuperado de mi asombro inicial ni acostumbrado a mi ubicación estrafalaria cuando de repente recibí una información visual capaz de volver loco al mas cuerdo de los humanos: en el rectángulo de luz se dibujó la silueta de una hembra de color negro de imponente figura femenina y con exabruptos orográficos desmesurados completamente desvestida. En pelotas vivas.
Mi impresión fue de tal magnitud que sufrí un vahído momentáneo durante el cual soñé que caminaba por el bosque plagado de alimañas con los ojos cerrados y me reconforté sobremanera.
Pero mi gozo estaba en un profundo pozo. Cuando desperté la negra en pelotas todavía estaba allí. 
Siendo un hombre con recursos decidí hacer como que no la había visto y resolví incorporarme usando tan solo uno de mis dos ojos hasta encontrar una puerta o ventana adecuada para evadirme de aquella situación tan inadecuada.
Al comenzar mi incorporación tuve que fijarme en los objetos más cercanos para no crear conflictos de espacio y alertar o incomodar a la dama que persistía apoyá en el quicio de la mancebía sin dar pistas sobre sus intenciones.

Cuando mi guiño se adaptó a la escasa luminosidad anaranjada de la estancia sufrí un nuevo amago de infarto cerebral acompañado de una fugaz crisis de asma al ser consciente de mi absoluta desnudez que dejaba todo mi cuerpo serrano a la intemperie más absoluta. Bueno, para ser sincero conservaba puestos mis calcetines grises hasta debajo de las rodillas. 

Me derrumbé como un muñeco de trapo sobre el camastro y lloré como lloran los hombres: llamando a mi mamá a grito pelao...


(Continuaré...)