Casos Clínicos

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

La Duda

¿Cuantas veces nos preguntamos en el día a día si es correcto esto, eso, aquello, lo otro o vicerversa…? Lo que sea.

Sinceramente, esa es  una pregunta que yo me hago con frecuencia.  Mi profesión me obliga. Tengo que ser todo oídos para captar el problema por el que acuden a mi consulta, luego hacer preguntas, realizar exploraciones físicas, interpretar pruebas médicas,  más tarde sacar conclusiones de todo lo anterior, emitir un diagnóstico y la mayoría de las veces poner un tratamiento y esperar unos resultados.  Lo normal y habitual.

Pero también mi profesión lleva implícito el deber de dar consejos, recomendaciones, confirmar sospechas y aclarar dudas (si soy capaz) respecto a diagnósticos o tratamientos. Afortunadamente la gran mayoría de las veces esto anterior concierne a enfermedades banales, menos graves o problemas que no conllevan grandes riesgos físicos, psíquicos ni económicos para el paciente.

Pero cuando llega el momento de enfrentarnos con la Vida y la Muerte, con el cara o cruz de la verdad cruda frente a la mentira piadosa, de dar el diagnostico desagradable y frio antes que aplicar confortables paños calientes, de optar por el tratamiento agresivo en vez del paliativo o al contrario, de aconsejar un especialista u otro, un hospital cercano o lejano que ocasionen un gasto económico extraordinario, de tener que activar una alarma de incendio como si ardiera el coloso en llamas o servir como extintor de candelas con espuma blanca y reconfortante… entonces me embarga La Duda.

De humanos es dudar señores míos. No se me apuren ante la duda. Duden ustedes todo lo que tengan que dudar y que se detenga el tiempo mientras dudemos. Pensar y repensar es justo y necesario y si no tenemos una opinión al respecto pues decirlo sin dar mas vueltas ni avergonzarnos. Es de sabios recapacitar. Meditar y rectificar es de genios. Y reconocer nuestras limitaciones es de humanos con los pies en el suelo. Como hay que ser.

“Mire usted no le puedo dar mi opinión porque necesito mas información, mas tiempo, mas estudios, mas pruebas… lo siento mucho.”

“Mire usted no le puedo servir de ayuda, no estoy suficientemente preparado, pero considero que debe usted confiar en Fulano o Mengano que saben de este asunto mucho más que yo… creame.”

“Mire usted, tengo dudas al respecto y prefiero no opinar para no confundirlo. Acuda a otra persona con más experiencia que yo, por favor.”

La duda se presenta como una confrontación entre dos opciones que creemos contradictorias: corteza o pulpa, musculo o cerebro, risa o llanto, alegría o pena, amor o desamor, dolor o placer, comodidad o esfuerzo, por lo liso o por los baches, de prisa o de paseo, arriba o debajo, muslo o pechuga, meyba o espido… cuestiones que no son baladíes ni para tomarlas a la ligera.

Yo dudo mas que parpadeo.

De hecho dudo mucho que esté expresándome con la suficiente claridad para que ustedes comprendan lo que estoy queriendo decir…

La Muerte

Me enfrento otra vez en poco tiempo con al muerte. Ahora con la de uno de mis primeros amigos. El afecto que se siente por los amigos de la infancia no se pierde nunca por muchos años que pasemos sin verlos. Amigos para siempre, sobre todo si además hemos seguido siendo amigos durante la ardiente adolescencia, la extraordinaria juventud y la –a veces  difícil- transformación y maduración personal. Repito: amigos para siempre.

La muerte de este amigo de mi edad me acorrala esta vez contra mi mismo, y no me deja sortearla con artimañas de ciencia. Me apresa por el gañote y me hace mirarla cara a cara y me escupe su esencia. Soy la Muerte y estoy aquí para que me sientas cercana, parece querer decirme. ¡Mirame a la cara si te atreves!

Y la miro. Y lo que veo es lo que cuento:

El cuerpo de mi amigo no muere. Solo va a sufrir una transformación mágica. Sus tejidos conformados por moléculas de compuestos químicos se van a incorporar al ciclo de la naturaleza. Da igual que estas moléculas cadavéricas sean devoradas por insectos y gusanos, por alimañas, por peces tropicales o bien torrefactadas por el fuego del horno crematorio. Y da igual porque los átomos que conforman las moléculas de nuestras células, trillones de trillones de átomos de hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, azufre, calcio, sodio, potasio y unos cuantos más en menor proporción son indestructibles. Los electrones saltarán despavoridos de órbita en órbita reubicándose en varios sitios a la vez hasta encontrar un sustento electromagnético que los haga relucir de nuevo; los protones y neutrones de los núcleos atómicos rellenos de quarks y de gluones mantendrán su orden intrínseco sometidos a las fuerzas fuertes y débiles que nos han acompañado toda nuestra vida y por eso los átomos seguirán siendo parte de la materia-energía y del espacio-tiempo. De la vida. Nuestro envoltorio corporal se transforma a simple vista en gases y líquidos o en sólidos con aspecto de cenizas de chimenea de cortijo. ¡Que mas nos da!

Lo que si muere con certeza es el pensamiento, el raciocinio, las ideas, mueren los sueños y las intenciones, mueren las emociones, la alegría, la pena, el cariño.

Mueren los proyectos, las dudas, las ilusiones y los fracasos. Muere el deseo de vivir y de amar. Mueren los recuerdos acumulados en las neuronas, incluso los olvidados. Muere la luz amarillenta de los miedos de la niñez.

Mueren los secretos mejor guardados, las confidencias, las costumbres, los olores y los sabores de toda una vida, muere la convivencia y la fraternidad.

A veces muere sin sentido el futuro del inocente, muere la vida antes de ser tocada por el rayo de luz que no calentará esa piel traslúcida. Muere la armonía de la música vivificadora que nunca cantarán esos ángeles terrenales.

Otras vece muere absurdamente la juventud, la belleza, la inocencia, la alegría, la esperanza, los proyectos, muere la mirada transparente y la sonrisa iluminada.

La muerte se lleva la palabra, la oración, el cuento contado con la imaginación y la canción que nos arrullaba en la cuna. Muere la poesía y la calma. Mueren la acción y la reacción de esos recuerdos del alma. Mueren los acordes de una guitarra flamenca tocando por soleá y mueren las notas musicales de todas las canciones escuchadas.

Mueren la experiencia y la sabiduría, los secretos mejor guardados y los besos que no se han dado. Muere el tiempo que nos queda por vivir, nuestra única posesión humana verdadera.

Casi siempre mueren la Paz y muere la Concordia.

Pero también mueren también el odio y el rencor. La saliva envenenada y el regusto agriado que ofrece el agua de la fuente del remordimiento mal digerido.

Muere el gris y oscuro sueño del que no podía conciliar el sueño de los justos. Muere el ansia de poder del desgraciado, el odio del fanático, la violencia del iluminado, la maldad estúpida del malvado, el sadismo del perturbado, muere el dedo que aprieta el gatillo y la voz del que ordena arrojar las bombas. Mueren los canallas y los criminales, los soberbios, los vengativos, los pistoleros y los tibios de corazón. A veces muere el Mal.

Lo que no creemos algunos es que muere es El Espíritu. Que muere la Conciencia. Que muere la Razón de Ser y de Estar: el Alma.

Porque el espíritu/conciencia/razón/alma nunca ha estado conformado por partículas elementales. No se han descubierto electrones, neutrones ni protones celestiales. El Amor no tiene masa ni carga eléctrica, no es una onda ni un quanto de energía, pero trasciende mas allá de la muerte y se queda en este mundo humano impregnando otras vidas, en forma de recuerdos, de ejemplo, de fuerza positiva para toda la humanidad. De Misericordia.

Yo así lo creo. Aunque no lo entienda.

Publicado en ABC de Sevilla 26/01/17




Independencia

“Independiente (adj): Dependiente de sí mismo” nos regalaba en su didáctico Verbolario Rodrigo Cortés, hace pocos días en ABC. Y me parece muy acertada la escueta definición.

Los jóvenes anhelan ser “económicamente independientes” para poder emanciparse, tener una vivienda propia, acaso vivir en pareja, adquirir bienes, crear empresas, tener hijos… lo normal. Dicen: “no eres libre si no eres económicamente independiente”. Pero para ser independientes económicamente dependen de muchas variables: han de educarse y formarse, adquirir conocimientos y capacidades, hacer practicas, demostrar que son responsables, de confianza y trabajar duro sin miedo al futuro.

Con el tiempo nos damos cuenta que esa independencia económica es solo una trampa o mejor un trampantojo, una ilusión, una farsa. No aporta libertad alguna. Es cierto que nos convertimos de la noche a la mañana en asalariados, en funcionarios, en profesionales, en técnicos, en peones camineros o en deportistas de elite, pero tenemos que pagar facturas e impuestos casi por respirar. Económicamente todos somos dependientes de “algo” o de “alguien”, llámenlo ustedes como quieran.

Al menos cuando éramos jóvenes y estábamos en periodo de formación el sustento básico provenía de nuestros padres: casa, cama, comida, ropa, educación y los más afortunados unas pesetillas para gastar con los amigos. No nos pedían intereses por todo eso. Ahora, ya emancipados, somos lo que los bancos nos dejan ser, ni más ni menos.

Ya lo vemos cada día en los telediarios: por una extremo los afectados por los desahucios, los sin techos, los parados crónicos, los inmigrantes sin papeles que dependen de los fondos de ayuda sociales sino de la caridad y solidaridad de los demás; en medio los paganos de clase media -entre los que me encuentro- asfixiados y requetecontrolados por el Estado que nos mete constantemente la mano en la faltriquera con más y más impuestos, y por el otro extremo los millonarios bancarios, los tarjeteros negros, los políticos deshonestos que tienen fondos reservados, los estafadores al por mayor con clausulas suelo y acciones fraudulentas, los deportistas y futbolistas de élite que esconden no solo el balón entre las piernas sino el dinero entre paraísos fiscales… todos estos amasadores de dineros tampoco creo yo que se consideren “independientes” pues entre el lujo de la moraleja y la trena carcelaria, solo existen un par de firmas en un papel. Eso no es independencia ni mucho menos libertad.

Entonces ¿cuál es el misterio de la independencia? ¿Era Robinson Crusoe independiente? ¿Es Donald Trump independiente? ¿Lo es el Papa de Roma? ¿Hay periódicos independientes? ¿Lo será alguna vez Cataluña?

Pienso que la independencia es otra cosa. Reflexiono.

Los médicos a veces usamos iniciales para resumir frases habituales y repetidas al escribir la anamnesis de un paciente. Una de estas frases es “independiente para las ABVD”, y las iniciales significan “Actividades Básicas de la Vida Diaria”. Es decir constatamos y consideramos un signo importante que cualquier persona que precise asistencia sanitaria y tengamos que realizar su historia médica tenga o no “independencia para las ABVD”, lo cual puede influir en el diagnostico, evolución, pronostico y tratamiento de ese paciente. No hablo de la edad ni de la situación económica, me refiero a el conjunto de actividades primarias de la persona, encaminadas a su autocuidado y movilidad, que le dotan de autonomía e independencia elementales y le permiten vivir sin precisar ayuda continua de otros” Hay unas escalas que miden la capacidad para alimentarse, trasladarse (o manejar una silla de ruedas), subir escaleras, bañarse, arreglarse, ir al aseo, y controlar sus esfínteres. Es decir, miden la capacidad de subsistir día a día y protegerse a sí mismo sin la ayuda de los demás. Las personas que gozan de esta independencia son más saludables y padecen menos distimias y depresiones. Desgraciadamente hay otras personas que no gozan de esta independencia. Y no necesariamente tienen que ser mayores, vivir solos ni aislados. Al contrario.

Este tipo de independencia me parece mucho más sensata y gratificante. Ser autosuficiente, tener las necesidades básicas cubiertas (independiente del capital económico total) y ser consciente del medio en que vivimos respetando el entorno. Tener capacidad y libertad para expresar los sentimientos. Ser afectivo y sentirse querido. No padecer dolor invalidante físico ni psicosomático. Sentir paz interior. Aprovechar los momentos buenos con alegría y saber transmitirla a los que nos rodean. Tener inquietudes y disfrutar del tiempo libre. Si además tenemos el premio de una familia unida y con salud, no se puede tener mas “independencia”…

Que vayan tomando nota los catalanes.

Publicado en Tribuna Abierta ABC de Sevilla el 30/12/16