"Casos Clínicos"

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Sevilla, Huelva, El Rompido, Andaluz.
Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Probable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mundo. Ronco a compás de Martinete.

jueves, 26 de enero de 2017

La Muerte

Me enfrento otra vez en poco tiempo con al muerte. Ahora con la de uno de mis primeros amigos. El afecto que se siente por los amigos de la infancia no se pierde nunca por muchos años que pasemos sin verlos. Amigos para siempre, sobre todo si además hemos seguido siendo amigos durante la ardiente adolescencia, la extraordinaria juventud y la –a veces  difícil- transformación y maduración personal. Repito: amigos para siempre.

La muerte de este amigo de mi edad me acorrala esta vez contra mi mismo, y no me deja sortearla con artimañas de ciencia. Me apresa por el gañote y me hace mirarla cara a cara y me escupe su esencia. Soy la Muerte y estoy aquí para que me sientas cercana, parece querer decirme. ¡Mirame a la cara si te atreves!

Y la miro. Y lo que veo es lo que cuento:

El cuerpo de mi amigo no muere. Solo va a sufrir una transformación mágica. Sus tejidos conformados por moléculas de compuestos químicos se van a incorporar al ciclo de la naturaleza. Da igual que estas moléculas cadavéricas sean devoradas por insectos y gusanos, por alimañas, por peces tropicales o bien torrefactadas por el fuego del horno crematorio. Y da igual porque los átomos que conforman las moléculas de nuestras células, trillones de trillones de átomos de hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, azufre, calcio, sodio, potasio y unos cuantos más en menor proporción son indestructibles. Los electrones saltarán despavoridos de órbita en órbita reubicándose en varios sitios a la vez hasta encontrar un sustento electromagnético que los haga relucir de nuevo; los protones y neutrones de los núcleos atómicos rellenos de quarks y de gluones mantendrán su orden intrínseco sometidos a las fuerzas fuertes y débiles que nos han acompañado toda nuestra vida y por eso los átomos seguirán siendo parte de la materia-energía y del espacio-tiempo. De la vida. Nuestro envoltorio corporal se transforma a simple vista en gases y líquidos o en sólidos con aspecto de cenizas de chimenea de cortijo. ¡Que mas nos da!

Lo que si muere con certeza es el pensamiento, el raciocinio, las ideas, mueren los sueños y las intenciones, mueren las emociones, la alegría, la pena, el cariño.

Mueren los proyectos, las dudas, las ilusiones y los fracasos. Muere el deseo de vivir y de amar. Mueren los recuerdos acumulados en las neuronas, incluso los olvidados. Muere la luz amarillenta de los miedos de la niñez.

Mueren los secretos mejor guardados, las confidencias, las costumbres, los olores y los sabores de toda una vida, muere la convivencia y la fraternidad.

A veces muere sin sentido el futuro del inocente, muere la vida antes de ser tocada por el rayo de luz que no calentará esa piel traslúcida. Muere la armonía de la música vivificadora que nunca cantarán esos ángeles terrenales.

Otras vece muere absurdamente la juventud, la belleza, la inocencia, la alegría, la esperanza, los proyectos, muere la mirada transparente y la sonrisa iluminada.

La muerte se lleva la palabra, la oración, el cuento contado con la imaginación y la canción que nos arrullaba en la cuna. Muere la poesía y la calma. Mueren la acción y la reacción de esos recuerdos del alma. Mueren los acordes de una guitarra flamenca tocando por soleá y mueren las notas musicales de todas las canciones escuchadas.

Mueren la experiencia y la sabiduría, los secretos mejor guardados y los besos que no se han dado. Muere el tiempo que nos queda por vivir, nuestra única posesión humana verdadera.

Casi siempre mueren la Paz y muere la Concordia.

Pero también mueren también el odio y el rencor. La saliva envenenada y el regusto agriado que ofrece el agua de la fuente del remordimiento mal digerido.

Muere el gris y oscuro sueño del que no podía conciliar el sueño de los justos. Muere el ansia de poder del desgraciado, el odio del fanático, la violencia del iluminado, la maldad estúpida del malvado, el sadismo del perturbado, muere el dedo que aprieta el gatillo y la voz del que ordena arrojar las bombas. Mueren los canallas y los criminales, los soberbios, los vengativos, los pistoleros y los tibios de corazón. A veces muere el Mal.

Lo que no creemos algunos es que muere es El Espíritu. Que muere la Conciencia. Que muere la Razón de Ser y de Estar: el Alma.

Porque el espíritu/conciencia/razón/alma nunca ha estado conformado por partículas elementales. No se han descubierto electrones, neutrones ni protones celestiales. El Amor no tiene masa ni carga eléctrica, no es una onda ni un quanto de energía, pero trasciende mas allá de la muerte y se queda en este mundo humano impregnando otras vidas, en forma de recuerdos, de ejemplo, de fuerza positiva para toda la humanidad. De Misericordia.

Yo así lo creo. Aunque no lo entienda.

Publicado en ABC de Sevilla 26/01/17




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